miércoles, 21 de junio de 2017

Traducción | La casa del bosque | Cuentos de Frisia Septentrional

Leyendas y cuentos de Frisia Septentrional es un libro publicado por la editorial Husum en 1988 como un recopilatorio de cuentos e historias de dicha región en alemán, bajo alemán y frisón.


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Hoy os traigo la traducción del cuento número 104, «La casa del bosque» (Das Waldhaus).

A diferencia de las leyendas que aparecen en el libro, los cuentos, como podéis apreciar, son más largos. Aun así, son fáciles y ligeros de leer.

«La casa del bosque» es un cuento que, a lo que yo he interpretado, nos da a entender que no debemos de abusar de la suerte, de lo contrario, saldremos bastante escarmentados.

La manera en que la historia se desarrolla, me ha recordado bastante a uno de los Cuentos Checos (de Karel Jaromír-Erben y Bozena Nemcová). Aunque hace muchos años que los leí y ya ni tan solamente dispongo del libro en cuestión, recomiendo a cualquier persona que les eche un ojo, pues están muy bien y son muy originales.

Este cuento, como se especifica en el registro del libro, tiene su origen en el distrito de Südtondern (en danés, Sydtønder), la parte más norteña de Frisia Septentrional y que linda con Dinamarca.

Esta vez, me he tomado un poco más de libertad al traducir y me he permitido darle ese "toque de cuento" a la traducción. Pues, como es bastante común en los cuentos e historias de este tipo en Alemania del Norte, la narración suele ser muy directa y seca. Cosa que en alemán funciona, pero que en español queda un poco extraño. Como ejemplo, os traduzco literalmente las primeras líneas a continuación:

Hubo una vez un hombre que tenía tres hijos. Se llamaban Peter, Paul y Hans. Debieron hacerse al mundo y un año después, deberían volver a la casa de su padre. Éste vería cuál se había hecho más rico. 

Así que, para evitar una traducción así, he dado un poco de forma a la narración sin alterar el contenido:

Érase una vez un hombre. Éste tenía tres hijos, llamados Peter, Paul y Hans. Tuvieron que hacerse al mundo y, tras un año, volver con su padre. Lo que éste quería era ver quién de los tres conseguiría más riquezas. 

Lo que sí que he traducido tal cual, ha sido el final. Ese final, explicado de la manera en que lo está, es el más buen ejemplo del desenlace típico de un cuento alemán. 


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104. La casa del bosque



Érase una vez un hombre. Éste tenía tres hijos, llamados Peter, Paul y Hans. Tuvieron que hacerse al mundo y, tras un año, volver con su padre. Lo que éste quería era ver quién de los tres conseguiría más riquezas.

Peter y Paul viajaron y viajaron y no se llevaron nada especial con tanto viaje. Hans, por otra parte, llegó a un bosque, en donde vio una luz. Se trataba de una casa en mitad del bosque y la luz provenía de su interior. Se acercó y observó por una ventana. Pudo ver tres pequeños cuencos con sopa sobre una mesa, y al lado de cada cuenco, una cuchara de plata. Entonces, decidió entrar a la casa. De cada cuenco, se tomó una cucharada a rebosar de sopa. Hans se propuso pasar la noche en aquella casa. Así pues, se escondió en un arcón que había en una habitación.

Cuando ya era medianoche, llegaron tres hombres a la casa. Primero se tomaron cada uno un bol de sopa y luego empezaron a hablar sobre lo que ocurría por el mundo.

—En la ciudad, allí han estado cavando durante años y todavía siguen sin encontrar agua—. Explicaba uno.
—Para eso me sé yo un buen consejo— dijo otro—. Justo en  medio de la plaza del mercado, ahí se encuentra una piedra con cuatro cantos. Tan pronto como ésta sea rota, empezará a emanar agua por doquier!
—Pero lo que sí que es triste— dijo otro, cambiando de tema— es lo de la hija del rey. La pobrecilla es ciega y ningún médico puede curarla. Y eso que el rey ha prometido mucho oro a aquel que sea capaz de devolverle la vista.
—Para eso me sé yo un buen consejo— dijo el mismo de antes—. En la escalera del desván, justo debajo del último escalón, se encuentra un mechón de pelo. Tan pronto como la hija del rey se frote con este mechón de pelo los ojos, podrá ver.

Después de tanto hablar, los tres hombres partieron de nuevo. Y Hans, escondido en el arcón, lo había escuchado todo. Así pues, por la mañana bien temprano, lo primero que hizo Hans fue salir a encontrar la ciudad, en donde no podían encontrar agua. No tardó mucho en dar con ella.
Nada más llegar, le preguntó a una mujer que había por la calle, si no le podrían dar un vaso de agua, pues se encontraba sediento.
—Lamentablemente no te podemos ofrecer— dijo la mujer—, ya que durante años hemos estado sin agua. Cavamos y cavamos y no encontramos aguas. Falta muy poco para que la gente se muera de sed.
—Bien pues— respondió Hans—, ¿qué estáis dispuestos a ofrecerme si os encuentro agua?
La gente del pueblo se ofreció a darle mucho oro a Hans si éste era capaz de encontrarles agua. Éste se dirigió a la plaza del mercado y, evidentemente, allí estaba la piedra con cuatro cantos. Así como la rompió, empezó a emanar agua en grandes cantidades. Tanta era el agua, que incluso corría por las calles de la ciudad. Hans obtuvo una gran cantidad de oro por su hazaña. Él estaba contento y la gente de la ciudad estaba feliz, pues ya tenían agua.

Así, Hans partió en búsqueda del rey, para ver si realmente sería capaz de curar a su hija. Cuando dio con el castillo, se presentó allí como oculista. Entonces preguntó que qué estaba dispuesto a dar el rey a aquel quien curase a su hija de la vista. A excepción de una gran parte de las riquezas reales, aquel que curase a la hija del rey podría quedarse con ella y ser el sucesor al trono.
No tardó en encontrar las escaleras al desván y pudo comprobar como, exactamente, debajo del último escalón se encontraba un mechón de pelo. Corrió con él en las manos hacia la hija del rey y se lo frotó en los ojos. E inmediatamente pudo ver la hija del rey. Así pues, Hans pudo casarse con la hija del rey y, como todavía tenía el oro que la gente de la ciudad le había dado, ya no era para nada pobre.

Pronto cumpliría un año ya, desde que Hans emprendió su viaje, y por eso él y su esposa viajaron juntos de vuelta a la casa de su padre. Viajaron en una calesa tirada por cuatro caballos. Cuando llegaron, Peter y Paul ya estaban allí, pero de la misma manera que cuando se fueron. Y así como Hans llegó con los cuatro caballos, como yerno del rey y con mucho oro, los demás no pudieron más que quedarse con la boca abierta.

Como es obvio, Hans tuvo que explicar todas las aventuras que había vivido. Y, en cuanto Peter y Paul escucharon sobre la casa del bosque, decidieron que irían a visitarla ellos también y a pasar la noche allí, como hizo su hermano.

Peter y Paul acabaron encontrando la casa en el bosque y en ésta que entraron sin dudarlo. Sobre la mesa, al igual que Hans había explicado, encontraron tres cuencos con sopa. Pero los dos hermanos eran tan comilones, que dejaron los cuencos vacíos. Acto seguido, encontraron el arcón del cual Hans les había hablado y allí que se escondieron.

A medianoche llegaron los tres hombres y, nada más entrar por la puerta, ya se dieron cuenta de que sus cuencos de sopa estaban vacíos.
—Ah— dijo uno—, alguien se nos ha comido la sopa... ¡Aquí debe de haber más gente!
—Y además— dijo otro— todas las cosas que hablamos el año pasado aquí, han sido llevadas a cabo por un desconocido!

Así pues, los hombres se pusieron a buscar por toda la casa. Como era de esperar, acabaron encontrando a Peter y a Paul en el arcón. Y los hombres les dieron una buena paliza hasta dejarlos muertos y después los echaron al bosque, a las bestias salvajes. 

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2 comentarios:

  1. Es increíble como ciertas historias siguen una línea histórica a lo largo de la literatura universal.
    Al comenzar a leer este cuento lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido el tan conocido de Rizitos de oro y la casa de los osos, por eso de los tres cuencos, la casa en el bosque y demás.
    Siendo un cuento para niños (como creo que son) resulta un poco perturbador que ese final esté tal cual, aunque tampoco es raro comparando con populares de aquí como Caperucita Roja o Los siete cabritillos, donde dos lobos son cruelmente asesinados por ser los "malos" del cuento. Es irónico xD
    Me ha parecido una historia preciosa y muy valiosa para las mentes populares. Cada vez me gusta más esta sección tuya de traducciones. Muchas gracias por tomarte la molestia de hacerlas :D
    ¡Un saludo desde A medio kilómetro!

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    1. Cierto, es increíble.
      Sí, la verdad es que le trae un aire al cuento de Ricitos de oro! No me había parado a pensarlo.
      Tienes razón, aunque en la Caperucita Roja y Los Siete Cabritillos, quienes mueren son los malos; en Das Waldhaus quienes mueren no son tan malos, después de todo... hahaha
      ¡Me alegra mucho que te guste! ¡Y muchas gracias a ti por pasarte y leerlo!
      ¡Un saludo!

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