jueves, 4 de mayo de 2017

Cuentos de medianoche #9 | Los hijos del Sol


Cuentos de medianoche #9 | Los hijos del Sol


Cada vez que miraba hacia la izquierda, el reloj que colgaba de la pared de la cocina marcaba las cuatro y cuarto. Y cada vez que miraba hacia la derecha, allí donde la chimenea estaba, el reloj que estaba tirado en el suelo marcaba las ocho menos cuarto. Se comía la cabeza pensando que, quizás, el tiempo se había estropeado y éste no podía correr más, pues sino, ella lo vería. Se comía la cabeza pensando que, quizás, el tiempo no se había estropeado nunca y éste continuaba corriendo a pesar de que ella no pudiese verlo. Ella seguía, a pesar de eso, cosiendo y cosiendo. Bonitas bufandas confeccionó mientras esperaba. Y gorros. Abrigos. Suéteres. Cosía y cosía. El fuego le proporcionaba bonitas lanas color carmesí con una longitud imposible. Nunca se le acababa esa lana. Y por ese mismo motivo, no era consciente de que la verdad era que el tiempo sí se había estropeado. Si no fuese porque el tiempo no funcionaba, podríamos decir que se tiró años y años cosiendo prendas con esa lana extraña que nadie se pondría encima ni que le pagasen. Pero no diremos que se pasó tanto tiempo cosiendo, pues no existió el tiempo durante ese período. Simplemente cosió.
Aunque sería muy aburrido si solamente hubiese cosido. Y, en el caso de que solamente se hubiese ceñido a esta tarea, no se explicaría el porqué acabó de la manera que acabó.

Mientras le daba a la aguja, levantaba la mirada a ratos para mirar los relojes. En una de estas, que tuvo un descuido y se pinchó el dedo índice con la aguja. Pobre ella! Esas agujas, fabricadas con las espinas más bellas de los tallos de las rosas de su propio jardín, esas letales agujas. En el momento en que se clavó la aguja, se levantó de golpe del sillón en donde estaba sentada. El hilo que le estaba proporcionando el fuego cayó sobre la moqueta. Ésta prendió fácilmente, como era de esperar. Los nervios le comían por dentro. Se miraba el dedo, miraba las llamas de la moqueta, miraba los relojes. En cierta manera era una escena divertida. ¿A quién no le gusta ver a un humano que no sabe que hacer? ¿A un humano que está al borde de la locura? Tras unos segundos de silencio, su única reacción fue correr hacia el teléfono. Marcó el número de alguien y descolgó.
Nadie se puso en la línea. ¿Quién se iba a poner? Una viga en llamas cayó justo enfrente suyo. Entró en pánico y corrió hacia la sala de estar. Las paredes retumbaban. Alguien estaba dando fuertes golpes en las puertas. Veía caer personas o seres en llamas por las ventanas. Trepaban por la pared de fuera y tocaban en el cristal, intentando llamar la atención de la mujer, hasta que se consumían y desaparecían. El suelo se le derretía a los pies. Solamente había una manera de acabar con todo lo que había desatado. Cogió las agujas de espinas y volvió al teléfono. Arrancó el cable del auricular, así como de esa enorme caja que colgaba de la pared.

*

Se encontraba en medio de un caos de llamas. Delante. Detrás. A la izquierda. A la derecha. Llamas, llamas y más llamas. El cable del teléfono le abrazaba el cuello. Antes de hacer lo que hizo, se comió las agujas de espinas. Su cuello tenía un color azulado y de su boca salía una especie de líquido más denso que el agua, pero que portaba el color del fuego. Se había ido a dormir, tenía los ojos cerrados.

*

El tiempo volvía a correr. Todos los relojes de la casa marcaban la misma hora. No había nadie adentro. Ella se encontraba afuera, en su pequeño jardín. Un vecino se le acercó. Le habló sobre el bonito tiempo que hacía ese día. Ella ya lo sabía. Ya había vivido ese mismo día. Pero fue su decisión volver hacia atrás, no se debía quejar pues. Él le preguntó que qué estaba haciendo en el jardín. Ella le respondió que estaba cogiendo rosas para comerse las espinas más adelante. El vecino se lo tomó a broma y le preguntó sarcásticamente, si no sería mejor comerse las rosas y tirar las espinas. No obtuvo respuesta.
El vecino se fue y continuó recogiendo rosas del jardín. Cuando acabó, se dirigió hacia dentro de su bonita casa. Entró y cerró con llave. Sonrió y se dijo a sí misma en voz baja que solamente se comería las espinas, pues las rosas estarían ya cayendo del cielo. 

♠ Fin

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