miércoles, 3 de mayo de 2017

Cuentos de medianoche #8 | La hija del jardín de amapolas


Cuentos de medianoche #8 | La hija del jardín de amapolas




Siempre lo tuvo ante sus propios ojos. Aunque él no lo supiese, tenía la respuesta delante suyo. La respuesta a aquella pregunta que le llevaba persiguiendo desde que ella desapareció.

Cada día, poco antes del atardecer, y ya fuese que lloviese o nevase, él siempre se dirigía hacia la Colina D'espoir. Le llevaba un par de horas subir hasta allí y otro par, bajar. Y se quedaba allí hasta que ya estaba oscuro. Siempre llegaba a su casa cuando ya era medianoche. Le gustaba estar allí. Pasar el tiempo. A solas con sus pensamientos. Aunque la principal razón era porque le recordaba a ella. Solían ir allí juntos y observar las luces de la ciudad. Pero por ese motivo mismo, porque le recordaba a esa persona que una vez le amó, no le gustaba ya mirar las luces de la ciudad. En cambio, contemplaba siempre los vastos campos de amapolas, al otro lado de la colina. ¿Dónde acababan esos campos? ¿Dónde comenzaban? Infinitos campos de amapolas. Amapola. Ella siempre decía que esa palabra le parecía demasiado importante para una flor tan común.

Una noche de julio, el pobre hombre vio una estrella fugaz. Deseó inmediatamente poder encontrarla algún día. En ese mismo momento, un ave de dimensiones no muy grandes, quizás un cuervo, le pasó por encima de la cabeza, casi rozándolo. Siguió la sombra del pájaro con la mirada. Se detuvo en un árbol pequeño que había en medio de uno de los campos de amapolas. Entonces cayó en la cuenta. Se dio cuenta de que lo tuvo siempre delante suyo. Pero nunca lo vio hasta entonces.
Búscame bajo el olivo que crece en el jardín de las rosas negras. Ese fue el único mensaje que ella le dejó antes de que desapareciera. Fue corriendo hacia el olivo. Miró por aquí y por allí. Realmente no sabía que estaba buscando. Le costó verlo, pero encontró unas hendiduras en el tronco del olivo. Alguien había escrito Merci con alguna cosa afilada. Supo al momento que se trataba del lugar. Supo que no se equivocaba. Con las manos desnudas, empezó a cavar bajo el olivo. Cavó numerosos hoyos. No dos. Ni tres. Ocho agujeros cavó el hombre. Los dedos le sangraban, pero no se daba cuenta. Al noveno hoyo que cavó, que encontró algo. Estaba dentro de un pequeño pero pesado saco. Debía ser importante. Como ya estaba bien oscuro, decidió volver a su hogar y allí abrir el saquito y ver que secretos escondía.

Llegó a su casa y lo primero que hizo fue poner el misterioso saco encima de la mesa y abrirlo. Una muñeca de porcelana. Dentro había únicamente una muñeca de porcelana. En la espalda de la muñeca, con lo que parecía ser carboncillo, estaba escrito su apellido, Malzard. Sólo cuando leyó el nombre, cayó en la cuenta, que todo había sido un maravilloso cuento. 

♠ Fin

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡Muchas gracias por vuestros comentarios!